jueves, 27 de octubre de 2016

Fernando Rendón: 26 aniversario del Festival de poesía de Medellín



Fernando Rendón








Nicanor Restrepo Santamaría fue considerado un empresario culto, que hizo una maestría en sociología en la Escuela de Altos Estudios Sociales de París, durante sus últimos años de vida. Admiraba al Festival Internacional de Poesía de Medellín. Aunque su reconocimiento era superficial. Nunca quiso apoyarlo financieramente. Igual que la totalidad de los empresarios de Antioquia y de Colombia. “Cuidado con los poetas”.

Algunos empresarios, ya sabemos, hicieron algo peor. No solo desdeñaron abiertamente el valor de la cultura en un interminable tiempo bárbaro, sino que apoyaron la falsa cultura del narco paramilitarismo en la televisión colombiana.

¡Qué contraste! Popeye* exaltado por los medios, que ignoran sistemáticamente hechos y sucesos impactantes de una cultura espiritual (y por tanto política) de la poesía.

Hechos profundos; desconocidos para el mundo, que no pudieron ser evitados y que se precipitaron entre bombas y masacres, en este país, en la antaño nombrada capital mundial del narcotráfico.

Corroborados a través de 26 años por una constante confluencia de los poetas de 170 países, una organización irreductible y una juventud que desea la paz, vencer a la muerte en el combate espiritual y cultural, y ver cumplido el imposible ya materializado y espiritualizado. Al lugar donde transcurre esta experiencia colectiva, Medellín, se la ha llamado luego capital mundial de la poesía, experiencia no vaticinada ni reconocida nunca tampoco por los pensadores sociales.

* J.J. Velásquez, ex sicario del Cartel de Medellín.

Fernando Rendón (Medellín, Colombia, 1951). Poeta, editor, periodista y director del Festival Internacional de Poesía de Medellín.

jueves, 13 de octubre de 2016

Correo Argentino: Reclamo










Sr. Presidente del Correo Argentino
Jorge Irigoin
S                                             /            D.

De mi mayor consideración:


En el día de la fecha, como  lo hago semanalmente, he visitado la sucursal 1428 de esta ciudad, para retirar la correspondencia que me llega a mi casilla de correo  Nº 16.

Para mi sorpresa he recibido 2 notificaciones del Correo Argentino respecto de un envío del exterior. Envío Internacional Entrante XGR030992724AR (código de origen Estados Unidos de Norteamérica). El mismo ha sido clasificado dentro del  régimen “Puerta a Puerta”.

Deseo comunicarle por este medio al Sr. Presidente del Correo Argentino que no he realizado ninguna compra en el exterior y que seguramente el envío de referencia sea un libro o libros enviado por colegas norteamericanos que me asisten en una investigación que realizo sobre literatura norteamericana contemporánea y que me son de extrema necesidad. Los mismos no tienen valor comercial y solicito me  los envíen a mi casilla de correo.

Hoy desde las 15 horas he pretendido comunicarme con “Atención al Cliente” y luego de las largas instrucciones de una voz grabada y largas esperas no he podido comunicarme con ningún operador, con ninguna voz humana.

Le ruego cristianamente al Sr. Presidente que me empolle este huevo, un pequeño paso para terminar con el Gulag Burocrático en el que vivimos.

Esteban Moore
DNI 10555212
edmundokirk58@gmail.com

Buenos Aires, 13, octubre, 2016.



miércoles, 12 de octubre de 2016

Lawrence Ferlinghetti: La poesía moderna es prosa



Lawrence Ferlinghetti


























Estoy hojeando una gran antología de poesía contemporánea, y pareciera ser que “la voz que es grandiosa en nuestro interior” suena en nosotros mayormente como una voz en prosa, sin embargo se halla dispuesta en la tipografía de la poesía. Esto no quiere decir  que sea prosaica o no tenga profundidad, esto no quiere decir  que esté muerta o muriéndose,  o que no sea agradable o que no sea bella o  que no esté bien escrita o que no sea ingeniosa o valiente. Está muy viva, muy bien escrita, bonita, “vivaz prosa —prosa que se mantiene de pie sin las muletas de la puntuación, prosa cuya sintaxis es tan clara    que puede ser escrita sobre toda la     página, en formas abiertas y campos abiertos, y ser todavía, transparente, prosa muy apreciada. Y en la tipografía, el intelecto  poético y  prosaico se enmascaran en el ropaje  de uno y otro.
Caminando a través de nuestros edificios en prosa en el siglo XXI, cualquiera puede mirar hacia el pasado y maravillarse ante esta época extraña    que le permitió a la poesía caminar en los ritmos de la prosa y aún denominarla poesía. La poesía moderna es prosa porque suena  tan apagada, sumisa,  como cualquier mujer  u hombre en las ciudades cuya fuerza vital está sumergida en la vida urbana. La poesía moderna es prosa pues no tiene demasiado duende, oscuro espíritu  de tierra y sangre, no tiene   el   alma del canto oscuro, ni pasión por la música. Al igual que la escultura moderna, ama lo concreto. Como el arte minimalista, minimiza la emoción, se inclina por una  ironía implícita, discreta,  y una insinuada intensidad. Como tal es la poesía perfecta para el hombre tecnocrático. ¿Pero en cuántas ocasiones esta poesía se eleva sobre el mezquino nivel del mar de su burbujeante chatura?  Ezra Pound en una ocasión decantó su opinión que sólo en tiempos de decadencia la poesía se separa de la música. Y es así como termina el mundo, no   con un canto sino con un lloriqueo.
Hace ochenta o noventa años,  cuando todas las máquinas comenzaron a zumbar, casi (como parecía) al unísono, ciertamente el lenguaje del hombre comenzó a ser afectado por el absoluto staccato de las máquinas.  Y la poesía de las ciudades amplificó  esto. Whitman era un remanente del pasado, entonando el Canto a mí mismo. Y Sandburg, otro, cantando sus sagas. Y Vachel Lindsay  acompañando el canto con ritmos de tambor. Y más adelante estaba Wallace Stevens con su armoniosa “música ficta”. Y estaban Langston Hughes y Allen Ginsberg, salmodiando sus mantras, cantando a Blake. Hay otros todavía en todos lados, poetas del jazz y poetas acompañándose con instrumentos de cuerda y plañideros llorones  en las calles del mundo, haciendo poesía de lo urgente insurgente. Ahora, poesía del inmediato yo del instante, el encarnado carnal  yo (como D.H. Lawrence lo llamó).
Pero la mayor parte de la poesía fue atrapada en el tipo caliente del linotipo y ahora en   el tipo tan  frío de la computadora. No hay canto entre los tipiadores, no existe el canto en nuestra arquitectura   concreta, nuestra música  concreta. Y los ruiseñores todavía pueden estar cantando en las cercanías del convento del Sagrado Corazón, pero apenas podemos oírlos en las tierras baldías de T.S. Eliot, ni en sus Cuatro cuartetos (que no pueden ser ejecutados con ningún instrumento y aun así son la prosa más bella de nuestro tiempo). Tampoco hay canción en la baldía prosa de los Cantos de Ezra Pound, pues ya que no son cantos  pues es imposible cantarlos. Ni en la prosa pangolín de Marianne Moore (que definió  su escritura   como poesías a falta de un nombre mejor). Tampoco en la gran prosa en verso blanco de Karl Shapiro hallaremos el canto, ni en el lenguaje más allá de los límites de la urbe de William Carlos Williams , no lo   encontraremos en el plano lenguaje de su Paterson. Todo esto es aplaudido por lo aplauden los profesores de poesía y los reseñadores en todos los mejores lugares, ninguno de los cuales cometerá el pecado original de decir que la poesía de algunos poetas es prosa en la tipografía de la poesía —tampoco  los amigos del poeta nunca se lo  dirán, tampoco los editores del poeta jamás se lo dirán—es la más estúpida conspiración del silencio en la historia de las letras.
La mayor parte de la poesía contemporánea es prosa poética pero está diciéndonos bastante, es un ejemplo de  la muerte del espíritu a la que nos está sometiendo la civilización tecnocrática, enredada en máquinas y nacionalismos machos, mientras algunos continúan anhelando la presencia de  algún ruiseñor entre    los pinares de Respighi. Es el pájaro cantando lo que nos brinda felicidad.






 
(en Poetry as Insurgent Art)
Versión Esteban Moore















martes, 11 de octubre de 2016

Horacio Verzi: Y sé que vienen por mí


Horacio Verzi












Y sé que vienen por mí, que me lo hacen saber cada mañana, me avisan que vendrán más tarde, pero no mucho más tarde. Los cuervos. Pájaro o demonio, desde jovencita me inculcaron que ha sido asociado al “tentador” o a la muerte o se le ha visto como el encargado de llevar las almas al más allá, las lleva con todas las cosas que puede tener el alma, sufrimientos, tristezas, sueños, y un alma que no puede escapar a los sufrimientos, a la tristeza ni a los sueños es un alma condenada, y por lo tanto, deduje ya en aquellos años, necesariamente debe conducir aquellas almas que van a los infiernos. También cuentan confusas leyendas que si un alma tiene la posibilidad de retornar al mundo de los vivos, como lo hicieron Sísifo y Orfeo y Dionisos y Heracles y Odiseo, solo puede hacerlo si la conduce un cuervo, de lo contrario vagará en un cielo sin color, peor que el limbo, sin color el alma y sin color el cielo, y por lo tanto será la nada misma. Pero si mal no recuerdo ni Sísifo ni Orfeo ni Dionisos ni Heracles ni Odiseo fueron guiados por un cuervo de regreso al mundo de los vivos. Recuerdo, en cambio vivamente, que el domingo pasado, sobre el cielo del Vaticano unos cuervos atacaron a dos palomas que el Papa soltó como gesto esperanzador a su nuevo llamado a la paz en el mundo. Miles de fieles, atónitos, vieron a los dos cuervos que cayeron como rayos sobre las palomas, que se defendieron a duras penas y se alejaron más allá de la cúpula y de las que no se pudo saber el destino que corrieron. Los más optimistas quisieron creer que se salvaron, otros, quizá los resentidos y pesimistas, que no salieron bien paradas. Lo recuerdo no porque estuviera en la plaza, sino porque lo vi en la televisión y me pregunto si esos que veo no serán los mismos. Podrían serlo, pero al ver la manera en que la pareja da los saltitos, dados con prudencia, no me parece que sean portadores de malos augurios, todo lo contrario, aunque siento que vienen por mí. También recuerdo que fue considerado como el ave que entregó el conocimiento al hombre, y que por lo tanto es portador de ingenio, inteligencia y sabiduría, salvo que el conocimiento conlleve en su esencia el mal augurio. Forzosamente, es lógico, tengo que recordar que es el primer pájaro que se nombra en la Biblia, el que soltó Noé para saber si las aguas habían bajado, y también recuerdo que los cuervos llevaron carne y pan a Elías mientras estuvo escondido al este del Jordán, y que Jesús los pone como ejemplo “porque el alma vale más que el alimento, y el cuerpo que la ropa”, y les dice a gentes cubiertas de polvo y tierra y encallecidas que se fijen en los cuervos, “que ni siembran ni siegan, y no tienen bodega ni granero, y sin embargo Dios los alimenta”. Y si aparecen en la Biblia y si Jesús entendió que el cotejo con el cuervo advierte el peso de la providencia, Jesús también me habló a mí, me habló entonces, me habla hoy y no sé cómo ni cuándo, pero me seguirá hablando. Pero sé que vienen por mí.

miércoles, 5 de octubre de 2016

Nicolás Olivari: Antiguo almacén “A la ciudad de Génova”




Nicolás Olivari





































Antiguo almacén “A la ciudad de Génova”
de Cangallo y Ombú.
Tu recuerdo se viene en pareja
con el recuerdo de mi lejana infancia
mientras un cuarteador criollo
—malevo y picaflor—
cuarteaba la cucaracha  que iba hasta Boedo y Europa
o sea: el fin del mundo.
Y cuando el General Don Julio Argentino Roca, en coche,
inauguró la máxima cloaca
que en su entraña Cangallo encierra.
Te recuerdo en las vueltas del coperío
de tu coro de borrachos,
apilados al estaño de tus mostradores
donde, en una losa, triste como mi infancia,
—verdinegra de codos y de malas palabras—
había esta cuarteta:

“Si las Casas introductoras
Me fiaran las cuentitas
yo también a mis amigos
les fiaría las copitas”.


(¿Dónde estás, François Villon, linyera o atorrante
que a tu inspiración libraste un alcohólico instante?)

Te recuerdo, Cangallo y Ombú,
esponjada mi memoria en la fiebre de mis muchos males,
porque yo estaba siempre enfermo
—los umbrales de Cangallo han recogido todas mis fiebres—
mis ardores de lagarto acurrucado al buen sol del 905,
sol que fue mejor que el del Centenario para mis raquíticos huesos…
Te recuerdo Cangallo y Ombú:
¡Mi madre era entonces tan joven y tan bella!
—La más hermosa de todas las mujeres—
Me acunaba  con La Morocha.
Fue la primer palabra argentina que escuché en el dulce dialecto
         de su boca:

                          “Yo soy la morocha,
                            la más agraciada…”

¡Cangallo y Ombú!
Si sos toda la urbe del recuerdo,
si estás reventando de nostalgia,
como reventaban  los claveles detrás de la oreja del malevo Julio,
el que mató al cabito Ibañez. Como reventaban
los balazos en el atrio de Balvanera en las bravas elecciones nacionalistas,
cuando  los Vásquez, con su botín elástico
y  el bolsillo hinchado de patacones
remataban libretas en el comité de la vuelta,
donde yo acudía con los ojos agrandados por el espanto electoral,
llevado de la mano por mi tío,
el dueño del “Antiguo   almacén de Génova”,
que, imperturbable y gubernista,
vendía la caña de durazno al comité.

El entierro del General Mitre
preludió las primeras manifestaciones socialistas,
y  el coro de “La Internacional”
—exótica, cosmopolita y bárbara
   como una gárgara de grapa.

Cangallo y Ombú
yo he visto que por tu esquina desfilan las sombras desfondadas
            a puñaladas
con un boquete en el pecho y en la frente una greña aceitada…

Los malevos, los italianos
buenos y borrachos
de mis recuerdos.
Miquelín, grande como una estatua,
que se iba a la cosecha y volvía rico dos semanas
—apenas para pagar la vuelta a todo el barrio—.
Mientras le duraba la plata cantaba,
cantaba las lejanas canciones milanesas de su tierra
y hombreaba recuerdos como hombreaba cereal…
Pero cuando era inútil pedir fiado
empezaba a hablar mal.
Tenía el vino malo y maldecía de la Virgen, Nuestra Señora,
con feroces palabras que deglutía mi avidez porteña.

Trémolos compadrones de cuarteadores
y cinchadas de vascos lecheros junto al boliche.
Figuritas de cigarrillos Vuelta Abajo
y puchos de Brasil.
En esta mezcla gateó mi infancia
y desde allí me vino este amor tan grande que te tengo,
           ¡Buenos Aires!
Buenos Aires, loma del diablo, Buenos Aires, patria del mundo,
Buenos Aires, ancha larga y grande,
como aquella primer palabra en argentina que le oí a mi madre:
           
            “Yo soy la morocha
              la más agraciada…”

¡Buenos Aires morocha de río, de hierro y de asfalto!
¡Buenos Aires! Si seguís siendo la más agraciada de todas la poblaciones.

(En Antología Poética Argentina, compiladores  Jorge Luis Borges, Silvina Ocampo, A. Bioy Casares, Sudamericana, Buenos Aires, 1941.)


Nicolás Olivari (Buenos Aires 1900-1966). Poeta, cuentista, letrista y guionista de radio y cine.